No quiero caer en la dulce trampa de la nostalgia, porque luego no puedo quitar mi ancla de ahí. Los recuerdos llueven como un chubasco, me dicen que aquí estuviste y fuiste feliz, feliz, feliz. Me dicen que tuve todo, que todo lo dejé ir. No quiero caer en la adictiva melancolía, porque necesitaría una vida en anexos para medio seguir. No quiero, porque quiero pensar en que la vida aun puede ser suave, tierna y emocionante para mi. Porque, como dije antes, en las cuentas de la salud emocional me quedé debiendo a mí, me terminé el crédito psicológico y ahora tengo que abonar una deuda que crece y crece y crece si no congelo los intereses.
Han sido días complicados, los silencios me torturan pero me dejan caminar despacito, las palabras me emocionan pero me hacen dar diez pasos para atrás hacia donde no me quieren, y lo peor es que yo correría con los ojos cerrados hacia alllá.
La vida puede ser bella, porque en mi soledad ha sabido ser buena conmigo, ha tratado de acordarse de mí y acariciar de vez en cuando, cuando nadie más se entera si viví, comí, me fuí o me quedé; pero así es la vida del solitario: nadie está.
La vida será bella, sea como sea, poco o mucho, pero más que hoy sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario